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Me gusta el lenguaje. Me gusta tratarlo, conocerlo y manejarlo. Me gustaría poder usarlo como las chanclas en el verano, cómoda y desenfadadamente, o sea, chancletear con el lenguaje. Me gustaría poder hacer con él como hace un niño con la goma de mascar, que la ensaliva, la mastica, la estira y la encoge. Y es que siento la necesidad de hacer más plástico mi lenguaje, más actual y más personalizado. Ya lo están haciendo los periodistas, la gente joven y otros. Por qué no voy a decir yo que esto o aquello es entendible, comunicable, programable, complementable, elegible o anecdotable.
No os perdáis este fragmento de ligera crítica "académica", de Gonzalo Martín:
"En su día defendimos el uso de la voz peatón por considerarla más rica en significado que la palabra "transeúnte". Lo que ya no parece tan estética, acústica o musicalmente admisible es que, junto al peatón, el diccionario incluya a la peatona. Dice así nuestro repertorio oficial de voces: "PEATÓN, NA. Persona que camina o anda a pie; se emplea este término para contrastarla con quien va en vehículo". Sin necesidad de recurrir a la estética de Benedetto Croce, no resulta muy elegante llamar peatonas a las señoras o señoritas que transitan por nuestras calles. A uno, particularmente, no se le ocurrirá nunca decir que en la calle de Preciados "abundan las peatonas", ni que por la Gran Vía hemos visto a una "peatona imponente". Esto en vez de una lisonja o piropo, es... casi un insulto.
Posdata.
Diccionarios: respeto, pero no obediencia ciega.