26.7.10

Las moscas


No hay escritor que no haya escrito algo sobre las moscas. Yo no soy escritora, pero bueno, he descubierto algo que muchos humanos desconocen y por lo que la humanidad entera se lleva cuestionando desde sus orígenes, y es : para lo que sirven las moscas.
A esto he dedicado mi mes vacacional de julio, al estudio de estos maravillosos seres alados que son las moscas.

Comenzaré aclarando que he pasado julio en posición horizontal la mayor parte del tiempo, entre la posición de tumbada y la ligera inclinación de la tumbona. En la piscina, si acaso perturbaba mi descanso algún insignificante mosquito, no digno de estudio, y en casa, sea por los polvos amarillos antimoscas que se pusieron en algunos rincones o por respeto a mi persona, sólo dos moscas entraban a mi dormitorio, en horario fijo, a la hora de la siesta.

Pues bien, en ausencia de actividad y rodeada de un ambiente de un silencio casi sepulcral, mi mente divagaba y se adentraba en asuntos filosóficos de índole muy temeraria, para ser concisa: "en que todos nos tenemos que morir y punto pelota". Entonces, cuando mis ojos casi llegaban a las lágrimas aparecían las dos moscas, yo les daba un manotazo, y al poco atacaban nuevamente. A los pocos segundos advertía que los tenebrosos pensamientos que obnubilaban mi mente y sobre todo mis vacaciones, se habían diluido tras la distracción provocada a conciencia por las prácticas moscas.

O sea, la conclusión es que estos honorables bichitos están hechos para apartar al humano de los pensamientos depresivos. No matéis a las moscas.

2.7.10

El hombre sin edad y el hombre de las ventosidades

De verdad que el hombre tenía verdadera fobia a que le llamaran de usted. Coincidimos con él para ver un bajo. Tenía toda la pinta de ser una buena persona, y dijo trabajar para no sé que empresa de Oleoductos. Pero lo que tenía era verdadera fobia a que le llamasen de usted. No era un octogenario, no, pero tampoco era un chaval.

Tenía toda la pinta de ser una buena persona. Nos dijo: "Se lo van a encontrar igual que está ahora mismo". EL quería alquilar y nosotros comprar. Imaginé que estaría ahí con su señora. Era amable. Más bien bajo que alto pero de complexión recia. Y de tanta amabilidad, hablaba muchísimo. Una de las muchas veces que le oí decir a alguno de los que estábamos ahí: "NO, no me llame de usted" yo estaba observando detallitos de la casa en un pasillo, y, al escucharle la misma expresión por enésima vez, explotó en mí una carcajada que me vino sin avisar. "La habrá interpretado..., qué corte", me dije. Pero siguió hablando como si nada con Juan Francisco.

Para nosotros quedaba un poco tasado (escueto, pequeño), y pasamos a ver el bajo contiguo. Este estaba mucho mejor para nosotros porque era un poco más grande y se notaba mucho. Lo anecdótico fue que el oficinista, que no tenía pinta de oficinista, era algo gordo, pelo muy rizado y aspecto un
tanto descuidado, debía de dedicarse además de hacer fotocopias y recargar la fotocopiadora de toner, a otros menesteres, porque al entrar, el primer reflejo involuntario que me lanzó mi cerebro, pero que un segundo, sólo un segundo después, menos mal, me lo vetó, fue el de echarme la mano a la nariz para no respirar el olor a pedos mezclado con tabaco. No sólo
yo estuve fina, Juan Francisco y mi marido también miraron el saloncito que hacía de oficina como si nada.